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Elvio Romero Paraguay
Alegres éramos...
Usted sabe, señor, qué alegría colgaba en la floresta; qué alegría severa como raigambre sudorosa; cómo el alegre polvo veraniego fulguraba en su lámina esplendente, cómo, ¡qué alegremente andábamos!
¡Qué alegremente andábamos!
Usted sabe, señor, usted ha visto cómo la lluvia torrencial sempiterna caía sobre un textil aroma de bejucos salvajes y cómo iba dejando con sus pétalos húmedos su flora resbalosa, su acuosa florería.
Usted sabe, señor, cómo los sementales retozaban hartos de florecer, jubilosos de hartazgo, con qué poder la noche deponía su amargura en la altura del rocío tal como deponía la desdicha su arma en las arboledas
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Usted sabe qué alegre aflicción de racimos por las ramas en frutal arco iris vespertino; cómo alegres luciérnagas subían a encender las estrellas, a conducir azahares que restallaban como emoción nupcial o lumbraradas.
Usted señor, señor, que antes de que aquí se enseñoreara la pobreza, frunciendo hasta las hojas, desesperando el aire, bien sabe, bien conoce que cualquier miserable aquí podía fortificar un canto en su garganta, en su pecho opulento.
(¡Cómo podías reír, muchacha mía! Juvenil, ¡cómo izabas una sonrisa fértil como un grano, cómo te coronaban los jazmines y cómo yo apuntaba mi vaso de fervor:
¡Qué alegres éramos!)
Antes, antes de la amargura, antes de que sorbiéramos un caudaloso cáliz de indigencias boreales, antes de que amarraran los perfumes, que en su reverso el sol guardase el hambre, ¡qué alegres caminábamos!
Antes, antes de que al aura ofendieran, de arrancar la raíz sangrándole los bulbos, antes del mayoral, del tiro, antes del látigo, qué alegría, señor, ¡qué alegremente andábamos!
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